Basta una migaja

Ella pidió una migaja. Eso era fe. Bastaba una migaja.

Jesús rehusó sanar a la hija de la sirofeniciana de manera enfática. Primero, el evangelio se debe dar a los judíos, todavía no a los gentiles. Ella no se desanimó con eso.

Poniendo a prueba todavía más su fe y su persistencia, Jesús le dijo en seguida: Sabes, esta generación de judíos llama a los gentiles ‘perros’. Ella no reaccionó. No le denunció por crimen de odio. No le demandó por daños emocionales.

Puso la insulta de cabeza. Cuando oras, a veces tienes que poner las cosas de cabeza. Debes transformar una negatividad absoluta en algo bellamente positivo — ¡haciendo uso de la fe y de la persistencia!

— repuso — pero aún los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos. Lo que ella quería era un milagro. A ella no le importaba el mal trato.

¡Y eso fue! Jesús no pudo esconder una admiración genuina de su fe y de su persistencia. El la felicitó y concedió el milagro. Resulta que basta una migaja. Una migaja, cuando se trata de una que Dios dé, es extraordinariamente inmenso.

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