Aprende a caerte

Mientras entrenaba esta semana para el triatlon, tropecé y me caí. Hace algunos años tal panzaso hubiera sido sangriento, pues soy un torpe renombrado.

Pero esta vez no vertí sangre. Sobre una sección desnivel de banqueta, me caí. Cayéndome, me enrollé y di vueltas para gastar el ímpetu. Me levanté y seguí corriendo luego sin siquiera un raspón. Había aprendido a caerme jugando el fútbol.

Mi previa técnica — la que resultó películar de guerra — era como un alarido corporal. Cayéndome, me daba pánico, mis músculos se tensaron, mis extremidades se extendieron para absorber la caída. Cada libra de peso sintió el golpe.

Entonces copié a los chicos que jugaban conmigo. Cuando tropezaban, enrollaba sus cuerpos y se dejaron dar vueltas libremente. No trataron de frenar la caída. Eso te evita una ida al salón de emergencia.

Los cristianos necesitan aprender a caerse. Una caída no debe lesionar. Debes dar vueltas y salirte de la caída rápidamente sin raspaduras. Levántate y sigue corriendo. Al caminar con Cristo, habrá algunos tropezones durante los años. El cristianismo no es vivir en la perfección sino apuntarla. Aprender a levantarte después de la caída es parte de ello.

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